Por qué decidí acompañar a las familias
- Eva Huertas
- hace 3 horas
- 4 min de lectura

Durante el proceso de recuperación de mi hermano, en mi propia familia, estuvimos mirando hacia el mismo sitio. Hacia él. Hacia cómo estaba, hacia qué podíamos hacer para ayudarle. Tardamos tiempo en darnos cuenta de que, mientras mirábamos todos hacia allí, nosotros también estábamos cambiando por dentro.
Solo que a nosotros nos estaba costando mirarnos a nosotros mismos.
Cuento esto porque explica, mejor que cualquier argumento profesional, por qué hoy hago lo que hago. No acompaño a la persona que consume. Acompaño a su familia. Y esa decisión nació, sobre todo, de algo que viví en primera persona y que tardé en saber nombrar.
LO QUE SÍ RECIBIMOS Y AGRADECÍ DE VERDAD
Cuando mi hermano ingresó en un centro de tratamiento, a la familia también nos convocaron. Había terapia familiar, conjunta, materiales. Nos explicaron la adicción, nos ayudaron a entender qué le pasaba, nos dieron herramientas para acompañarle mejor en su recuperación. Y lo agradecí de corazón, porque llegábamos perdidos y necesitábamos entender.
Quiero decir esto con claridad, porque importa muchísimo: la terapia familiar que ofrecen los centros hace un bien enorme. Aprender a comunicarte sin dañar, a no sostener lo que alimenta el consumo, a acompañar la recuperación de tu ser querido, es valiosísimo. Los equipos que trabajan con familias lo hacen, con total dedicación. Nada de lo que voy a contar quita valor a ese trabajo.
LO QUE SE QUEDÓ ABIERTO SIN QUE NADIE LO NOMBRARA
Aprendí el papel crucial de la familia, y también pasó algo. A medida que aprendía a acompañarle, a poner límites, a no rescatar, empecé a cambiar yo. Me di cuenta de cosas sobre mi manera de querer, sobre mi cansancio, sobre el papel que llevaba años ocupando en casa. Se me abrió una puerta hacia mi propio proceso.
Y esa puerta se quedó abierta, pero sin acompañante. Porque el foco, con buen criterio, estaba puesto en la recuperación de él. Las herramientas que me daban eran, casi todas, para ayudarle a él. Mi propio cambio - el que se estaba dando en paralelo - aparecía de refilón, como efecto secundario, no como un proceso que mereciera atención por sí mismo.
Lo noté sobre todo en un rol que fui asumiendo: el de una especie de coterapeuta. La que revisa, la que aplica en casa lo aprendido, la que sostiene el plan, la que está pendiente de que todo vaya bien. Y con ese rol me llegó una pregunta que me acompañó mucho tiempo: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Estoy ayudando de verdad, no perjudicaré a mi hermano si me equivoco?
Y ahí, justo ahí, entendí dónde quería estar yo.
La familia aprende a apoyar la recuperación. Y , casi sin querer, empieza su propio cambio. Ese segundo proceso también merece un espacio.
POR QUÉ ESTA DECISIÓN Y NO OTRA
Porque ese proceso propio queda casi siempre sin nombrar.
El apoyo a la recuperación está —y está bien que esté—. Lo que escasea es un espacio donde la familia pueda mirar su propio cambio: su cansancio, su duelo, el rol que ha ocupado, quién quiere ser a partir de ahora.
Porque cuidar a la familia también sostiene al conjunto. Una familia que pone nombre a lo que siente y que aprende a acompañar sin desaparecer no solo está mejor ella. Muchas veces se convierte en el suelo firme sobre el que todo lo demás puede apoyarse, también la propia recuperación.
Porque lo viví. Sé lo que es aprender a ayudarle y, al mismo tiempo, sentir que tu propio proceso queda en pausa. Sé lo que es preguntarte si lo estás haciendo bien y no tener a quién preguntárselo. Esa vivencia no la aprendí en ningún curso.
PARA TI QUE ESTÁS LEYENDO ESTO
Si eres familiar de alguien con una adicción, quiero decirte algo: pase lo que pase con la persona a la que quieres, tú también estás viviendo tu propio proceso. Tu cambio también cuenta. No estás aquí solo para sostener a otro.
Y quizá tú no estás en un centro. Puede que tu ser querido no haya empezado ningún tratamiento, o que no quiera hacerlo, o que en tu casa las cosas estén demasiado enredadas para eso todavía. Si es así, no estás fuera de lugar ni llegas tarde a nada: tu proceso no depende de que él/ella dé un paso.
Estés donde estés - acompañando una recuperación, esperando a que empiece, o simplemente sosteniéndote como puedes - lo que tú vives merece un espacio propio, pensado para ti y para lo que estás atravesando ahora.
Y si alguna vez, como me pasó a mí, te has preguntado si lo estás haciendo bien, quédate con esto: esa pregunta no es señal de que falles. Es señal de que te importa. Y también de que quizá sea el momento de que alguien te acompañe a ti.
Yo tardé años en encontrar ese permiso.
Por eso hoy dedico mi trabajo a que los miembros de otras familias no tarden tanto.
Si algo de lo que has leído te ha llegado, este es tu sitio.
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Sin prisa. Desde donde estés hoy.


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